Blade Runner

Blade Runner
...Todo lo que yo podía hacer era sentarme alli y verle morir.

miércoles, 18 de marzo de 2026

LA POLICIA DEL PENSAMIENTO

 

Un auto de fe no era solo una ejecución; era el acto fundacional donde la mentira se consagraba como dogma. Siglos después, George Orwell lo entendió perfectamente en *1984*. El Gran Hermano no necesita que finjas creer que dos más dos son cinco; su victoria definitiva es que lo creas de verdad. El objetivo final es siempre el mismo: destruir la capacidad de pensar por uno mismo, aniquilar la voluntad individual para que el individuo, una vez doblegado, sirva de ejemplo.

Este mismo principio se reprodujo, con una ferocidad burocrática inédita, durante la Guerra Civil Española —mucho más acentuado en la posguerra— estableciendo un claro paralelismo con el estalinismo. En ambos se instauró una auténtica «policía del pensamiento», un sistema donde el crimen era superfluo: una mirada, un gesto, un silencio podían convertirse en sentencia de muerte. La tortura dejaba de ser un método para obtener información para transformarse en un rito de purificación. Por absurdo que parezca, Franco y Stalin no solo querían eliminar al enemigo; necesitaban que este, antes de morir, confesara los crímenes que nunca cometió. Necesitaban su alma.

El poder totalitario, en esencia, no busca castigar al hereje o al disidente. Lo que persigue es algo más profundo y siniestro: aniquilar la voluntad, borrar al individuo por dentro antes de rematarlo por fuera.

Es una tentación que no se extingue. En política y en religión, el impulso es el mismo. Solo ha cambiado la forma: hoy, en nuestros tiempos, se ejerce con más disimulo, pero con idéntica perseverancia.

martes, 17 de marzo de 2026

EL NEGOCIO DE LA FE

 


Si uno se atiene a la estadística que ofrece la propia historia, parece evidente que religión y política han sido capaces de generar y regenerar el mal en casi todas las direcciones imaginables. Basta con recorrer los estantes de cualquier biblioteca para comprobarlo.

Lo más inquietante, sin embargo, no es solo su capacidad de influir en el curso de los acontecimientos, sino la fuerza con la que arrastran tras de sí a masas innumerables de seguidores leales, sumisos y convencidos. A lo largo de los siglos, religión y política han aprendido a entrelazarse, a fecundarse mutuamente, dando lugar a nuevas ideas por las que matar y morir.

Tal vez por eso pienso que el peor enemigo del ser humano no es otro que la fe. La fe podría entenderse como la hija bastarda de ambas: el mecanismo mediante el cual se vuelve tangible la mentira de aquello que, en esencia, no existe. A partir de ahí, el resultado suele repetirse con una regularidad casi mecánica: acumulación de riqueza y de poder, y con ellos el estatus necesario para consolidar una posición dominante.

El creyente, sea religioso o político, luchará, sufrirá y morirá por su líder o por su dios. Y lo hará aceptando, muchas veces sin cuestionarlo, la promesa de una recompensa futura: un Valhalla, unas huríes, o un lugar privilegiado junto a alguna figura abstracta de autoridad suprema. Mientras tanto, en la tierra quedan la pobreza, la muerte y la desolación.

Visto así, podría decirse que se trata del negocio mejor organizado desde que el mundo es mundo; uno cuya eficacia histórica solo parece tener un competidor lejano: la prostitución.

Esa noche, en algún lugar del mundo, un hombre mató por su dios. Otro murió por su patria. Una mujer vendió su piel por pan. Y en el centro del universo conocido, la verdad se escapaba por un sumidero.

viernes, 13 de marzo de 2026

EL VIAJERO

 


El planteamiento era sencillo: localizar el objetivo, esperar el momento adecuado y eliminarlo. A partir de ahí, toda la historia conocida cambiaría y el mundo tendría una nueva oportunidad.

Pero ahora que estaba allí, algo fallaba. Todavía estaba desorientado. Había reconocido el sitio por las fotos, los documentales y la cantidad de veces que estudiando la documentación memorizó todos los detalles. Lo conocía o al menos eso había creído hasta que la realidad le devolvió la mirada, mas densa, mas silenciosa, mas real que cualquier archivo.

El problema del viajero es ese, crees que conocer la historia te prepara para habitarla. Pero la historia no son fechas ni documentos. La historia es el peso del aire, el color de la luz, un olor, el momento exacto en que alguien gira la cabeza y aún no sabe que va a morir.

Todo se relaciona, solo hay que saber cómo.

¿Qué hace que las cosas cambien? ¿Qué es lo que nos lleva a tener la vida que tenemos? ¿En qué momento una decisión nos lleva a la verdad con la que vivimos hoy? ¿O simplemente es el azar? ¿O quizá los dioses?

Si mataba al objetivo, ¿estaría tomando una decisión libre? ¿O era él también un actor en un guion escrito antes de que existiera el tiempo? Tal vez los dioses —si existían— llevaban siglos moviendo piezas como él, y su viaje no era más que una escena prevista en el gran tablero.

El plan seguía siendo el mismo, el objetivo también. Pero él ya no era el mismo que lo había concebido. Y en esa distancia, entre el hombre que preparó el viaje y el hombre que llegó, empezaba a gestarse algo que no había previsto.