El planteamiento era sencillo: localizar el objetivo, esperar
el momento adecuado y eliminarlo. A partir de ahí, toda la historia conocida
cambiaría y el mundo tendría una nueva oportunidad.
Pero ahora que estaba allí, algo fallaba. Todavía estaba
desorientado. Había reconocido el sitio por las fotos, los documentales y la
cantidad de veces que estudiando la documentación memorizó todos los detalles.
Lo conocía o al menos eso había creído hasta que la realidad le devolvió la
mirada, mas densa, mas silenciosa, mas real que cualquier archivo.
El problema del viajero es ese, crees que conocer la historia
te prepara para habitarla. Pero la historia no son fechas ni documentos. La
historia es el peso del aire, el color de la luz, un olor, el momento exacto en
que alguien gira la cabeza y aún no sabe que va a morir.
Todo se relaciona, solo hay que saber cómo.
¿Qué hace que las cosas cambien? ¿Qué es lo que nos lleva a
tener la vida que tenemos? ¿En qué momento una decisión nos lleva a la verdad
con la que vivimos hoy? ¿O simplemente es el azar? ¿O quizá los dioses?
Si mataba al objetivo, ¿estaría tomando una decisión libre?
¿O era él también un actor en un guion escrito antes de que existiera el
tiempo? Tal vez los dioses —si existían— llevaban siglos moviendo piezas como
él, y su viaje no era más que una escena prevista en el gran tablero.
El plan seguía siendo el mismo, el objetivo también. Pero él
ya no era el mismo que lo había concebido. Y en esa distancia, entre el hombre
que preparó el viaje y el hombre que llegó, empezaba a gestarse algo que no
había previsto.

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